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El amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez

By: García Márquez, Gabriel
Publisher: Editorial la Oveja Negra Ltda 1985Description: 335 páginas 23 cmContent type: Media type: Carrier type: ISBN: 9580600007Subject(s): García Márquez, Gabriel, 1928-2014 | Literatura Colombiana | Novela colombianaDDC classification: 860.4 Awards: Premio Nobel Summary: Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recodaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entro en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgencia a ocuparse de un caso que para él antillano Jeremiah de Saint-Amorur, inváliado de guerra, fotógrafo de niños y sus adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno. En el suelo, amarrado de la pata de catre, esta el cuerpo tendido de un gran danés negro de pecho nevado, y junto a él esta las muletas. El cuarto sofocante y abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas así como cualquier resquicio de la habitación estaban amortizadas con trapos o selladas con cartones negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y pomo sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver. Había revistas y periódicos viejos por todas partes pilas de negativos en placas de vidrio, muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El doctor Juvenal Urbino había pensado más de una a vez, sin ánimo premonitorio, que aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina Providencia.
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Book Book B. Posgrados
Colección general
Colección de literatura 860.4 G215 (Browse shelf) 1985 1 Available 0000055856
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Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recodaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entro en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgencia a ocuparse de un caso que para él antillano Jeremiah de Saint-Amorur, inváliado de guerra, fotógrafo de niños y sus adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno. En el suelo, amarrado de la pata de catre, esta el cuerpo tendido de un gran danés negro de pecho nevado, y junto a él esta las muletas. El cuarto sofocante y abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas así como cualquier resquicio de la habitación estaban amortizadas con trapos o selladas con cartones negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y pomo sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver. Había revistas y periódicos viejos por todas partes pilas de negativos en placas de vidrio, muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El doctor Juvenal Urbino había pensado más de una a vez, sin ánimo premonitorio, que aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina Providencia.

Premio Nobel

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